lunes, 12 de octubre de 2015

Hablo contigo todas las noches. 

Corre aire, porque la ventana está totalmente abierta y la persiana se mantiene en lo más alto a pesar de que se acerque ya noviembre y yo ya esté más que resfriada. Necesito el viento para poder estar quieta bajo el edredón. Me gustaría poder pasarme la noche entera mirando a través de la ventana, pero sin las gafas no veo a un palmo y me duelen los ojos de tanto pensar. Los cierro, pero no duermo nada. 

No duermo nada. Así que hablo contigo, hablo contigo todas las noches. 

Siempre estamos acostados, siempre yo contra la pared y tú al otro lado de la cama. Ya no hace frío, porque está todo cerrado y entra muy poca luz a través de las cortinas. Yo estoy tapada. Tú me miras, pero no nos estamos ni rozando, y yo te digo todas esas cosas que pienso cada noche pero que jamás he pronunciado en voz alta. Te digo las buenas, te susurro las malas.

Y tú solamente me miras, porque nunca respondes cuando te hablo por las noches. Tú sigues en la misma posición, con los mismos ojos y tan solo un parpadeo de vez en cuando para que me crea mi alucinación. Y de repente ya no estoy tan tranquila. De repente las palabras me desbordan, emergen a borbotones de mi boca y las imágenes me golpean.

Te veo en mi puerta, gritando, y a papá echándote a patadas y yo intentando alcanzarte y encontrando una puerta cerrada. Veo a mamá chillando y cayendo encima de mí, y desvaneciéndose de repente para convertirse de nuevo en mi cama, en mi edredón que no huele a nada y en el frío entrando por la ventana.

Y yo ya sé que no voy a dormir nada, pero no puedo volver a cerrar los ojos y querría poder coger el teléfono y llamar a alguien para que me dijera que todo va a estar bien, pero en realidad no hay nada ni nadie al otro lado. Así que de repente hay goteras en mí y se me vacían los pulmones, porque estoy muy cansada de las imágenes y de hablar contigo sin ti.