sábado, 28 de febrero de 2015

Y ni ganas de salir de ahí tenía

Ella se presentaría cada mañana en el umbral de mi puerta, un ángel adormilado que se acurrucaría en unos segundos junto a mí y se quedaría muy, muy quieta hasta renacer entre pestañas espesas. Me despertaría, porque se aburre. Follaríamos, probablemente, horas enteras perdiéndome en su pelo, su aliento, su ingle.

Se estiraría toda entera en un bostezo enorme, acariciando suavemente las sábanas con la piel desnuda, mecida por la luz de la ventana. Luego me miraría riendo. Y por las noches me mecería un rato entre sus brazos cuando me viera más ocupado y trataría de escribir sobre sí misma como si fuera ella una pieza de museo robada, qué caradura. Me obligaría a acostarme solo para poder enterrar la nariz en el hueco de mi axila y soñar vete a saber tú qué cosa rara en el mayor de los silencios. Explícame tú como dormirme entonces con ese espectáculo ahí existiendo junto a mí.


Entonces me inflaría de certeza. Yo sabía que me querría mientras fuera capaz de fingir que no se me erizaba cada vello de mi piel ante sus pasos, y que cuando se cansara de mí no habría nada que hacer. Podía verlo en su cara. Era un maldito torbellino, no le busques el sentido. Y yo me sometía a su imperio, incrédulo y agradecido, esclavo de la armonía de su voz. 

domingo, 22 de febrero de 2015

plena

sí, eres lo mejor que me ha pasado
coraza de alambre de espino
jamás hubiera sabido buscarte
y te encontré,
y ahora que te miro
me veo por primera vez

y aunque qué mal todo ahora que sé que casa
jamás fue ningún sitio
gracias por hacer que empiece a buscarla
ojalá que llegue y no te hayas ido

sé que a penas hablas
que no mencionarás esto que has leído
pero seguirás tocando la guitarra
abriendo un poco la boquita
y yo te querré
por eso, por haber sido
gracias a ti

y por las paredes de tu cuarto
el desorden de tu piso
tu delicioso inconformismo
por albert pla aquella mañana
el silencio
y todo aquello que has escrito


es todo un espectáculo el verte existir

viernes, 20 de febrero de 2015

Todo

Asaltaste mi cuerpo y lo llamaste justicia divina. Qué bonita, dijiste, mientras rasgabas raíces y ropa y mordías cada curva, cada eje, cada punta. Me besaste muy fuerte. Dabas miedo, con toda esa dulzura y la religiosa concentración con la que recorriste pasito a pasito mi piel; con las yemas de los dedos, sin un ápice de prisa, movido por vete tú a saber qué certeza absoluta de que yo era todo lo que debías estar haciendo entonces.

Creo que nada ha sido nunca tan fácil como volverme calor contigo, con tu boca fresca sabiendo a fruta y tus manos frías trazando el arco de mi columna vertebral. Todo aliento eras, besándome tan fuerte. Pero nada más dulce que al acercarnos y encajar. Dabas gusto, boqueando y temblando con el menor contacto, todo ojitos cerrados y pelo y rubor, todo tú aquí dentro. Y tu timidez al arquearte y suspirar, y quedarte muy quieto en un suspiro intenso. Mirándome a los ojos, dejando la helada punta de tu nariz junto a la mía. Precioso, pensé, tenías tus manos en mi pelo y yo lo llamé regalo del cielo.


Todo tú.


martes, 10 de febrero de 2015

Hivern

Nunca te conté que yo era toda poesía porque sabía que no había verso capaz de traspasar todas tus capas. Así que cuenta tú todas las frases que he callado para no gastar todo mi calor en deshacerte, tantas que poco a poco hasta a mí me invade el frío. Y se cuela en mi garganta. Y me congela todo el pecho. No como un golpe seco, dejándome sin aire. No así, porque de serlo dolería un rato y yo podría seguir respirándote. No eso. 

Más bien como una bola, cociéndose - qué paradoja - ahí adentro, parpadeando, estrechándome pero solo a ratos, intermitente. Una masa con tendencia a subir en espiral por mis cuerdas cada vez que intento hablarte, oprimiendo el sonido para que no salga y así no haya nadie más a quien le duela. 

domingo, 8 de febrero de 2015

No queda nada


Quién iba a decirme a mí que tras tanto vasto océano y tanta batalla estaría partiéndome por no entender una caricia mal dada. Casi parece que con todo el tiempo y a pesar de las patadas no aprendo, y continúo incapaz de mirar al presente a la cara. ¿Qué ha pasado con mi amarre? Hace un parpadeo me asía a la piedra y me sentía imparable. Y ahora que solo tengo miedo, miedo, nada más, que ni miro ni veo y la música está tan lejos que ni la rozo con los dedos, me desparramo sobre ti, y de tu capacidad de arranque y contención no queda nada.

¿Dónde estás?