domingo, 21 de septiembre de 2014

Doce de septiembre

Morí un poquito cuando me dejaste sola
No entendí el odio hacia todo
La necesidad de huir
No entendí que si callabas
Era porque no había nadie para oírte
Y ahora que yo soy la nueva tú
Y te dejo ocupando mi lugar
Veo que nunca aprenderás
Supongo que no hay mundo
En el que quepamos los dos bajo un mismo techo
Y ahora que con el tiempo
Entiendo tu dolor de entonces
Te pido perdón por culparte por ello
Por no haber abierto los ojos a tiempo
Por no haber sabido ver tu pena
Ni entendido que te fueras
Cuando aún podía hacer algo
Para mantenernos cuerdos


Pero te culpo por tu silencio
Porque pudiste haberme advertido de esto
Pudiste dejarme ayudarte
Ponerme en tu piel, como jamás hicimos antes
Y así, quizás, ahora
No sentir tanto daño
Y así, quizás, con suerte
Salvarnos a ambos.

lunes, 15 de septiembre de 2014

Niños de nada

Estáis todos estáticos.

Hablo de adolescentes sin sangre en las venas ni neuronas en el cerebro, esclavos de máquinas puntuales que, como todo, han conseguido sin el más mínimo esfuerzo. Que ni quieren, ni se preguntan, ni se interesan por nada, absolutamente nada; cuyo único objetivo durante la semana es llegar al sábado para salir de fiesta e hincharse de la droga que esté de moda en el momento. Que se hacen un millar de fotos exactamente iguales cada día frente al espejo. Rodeados de amistades efímeras y conversaciones banales. Hijos de padres amargados, habitantes de cubículos cerrados, que no son nadie; que empiezan a darse cuenta de que han criado una generación de niños vacíos por dentro. Que se odian a sí mismos cuando ven a su pequeña llegar a casa vestida de negro, y a altas horas de la madrugada se obligan a no notar su farfulleo, producto de tener más alcohol que sangre en el cuerpo, fingiendo no darse cuenta del olor a sexo y marihuana de su cuerpo. 

Hijos de nadie. Niños de nada. Más libres y aún así más reprimidos que nunca.



No te hagas el ofendido. No cometas el error de confundir mi realismo con pedantería. Acepta que no eres nadie, que no haces nada, que llevas una vida de mierda sin ningún tipo de productividad. No voy a mentirte y decir que no formo parte de eso, que no caigo en el tedio. Yo también me veo en pequeños matices que la gente que me rodea. Hasta hace poco era de esos.

La diferencia es que yo era, soy y seré consciente de ello. La diferencia es que me odiaba por ello, y por ese motivo ahora me muevo.

Pero déjate de excusas. Claro que es complicado no dejarse arrastrar, claro que es fácil no ser normal. La vida que te proponen es mucho más sencilla: haz caso a tus padres, estudia entre semana, ten amigas, ponte siempre guapa, liáte con un chico de vez en cuando, no contradigas, compra, olvida, y luego si eso bebe a escondidas los fines de semana para olvidarte de que te odias a ti misma. Simple. ¿Pero a qué precio?

¿No has pasado alguna noche enfrentándote al papel en blanco? ¿No te sientes cansado al final del día sin saber por qué? ¿No odias retroceder un par de años y darte cuenta de que no has creado, ni aportado, ni cambiado absolutamente nada?

Y sí, sé perfectamente cuán más fácil es decirlo que hacerlo. Que no basta con tan solo quererlo. Sé del esfuerzo, del miedo, de la rabia. Sé del rechazo de aquellos que deberían amarte y animarte a ser más, a dar más, cuando empiezas a desprenderte de la mediocridad. Aquellos que no lo hacen. Pero resulta que el mundo funciona de manera que no puedes obtener sin renunciar. Llega un punto en que debes decidir si prefieres odiarte tú o que lo hagan los demás. Si quieres ser nada rodeado de mucha gente o serlo todo con unos pocos.

Al fin y al cabo, aunque jamás te enseñe cómo hacerlo, el mundo en su inmensidad está hecho para aquellos que tienen algo que aportar. ¿Los demás? Desaparecen con la marea. Se pierden en el vacío del olvido.

Yo sé que, si miro atrás, a pesar de haber hecho, de haber escrito, cantado, peleado, me he quedado corta. Que no es suficiente. Quizás nunca es suficiente. Y quizás es necesaria esa sensación de insuficiencia, para mover a todos aquellos que se quedan mirando el techo a medianoche, sin saber explicar el vacío que sienten dentro, preguntándose por qué se aburren tanto si jamás tienen tiempo.



Puede ser que, de no haber sido por Nanaky, me hubiera quedado tal y como estaba otros meses, quizá incluso años. No tendría hoy un millar de consecuencias que enfrentar por haber decidido avanzar en vez de estar parada con cara de idiota. Quizás habría seguido siendo sólo una adolescente medio depresiva que ve y desprecia todo esto pero tampoco cambia demasiado. No niña de nada, pero de muy poco. No habría escrito absolutamente nada, ni habría empezado a aporrear la guitarra, ni habría sido la mitad de libre (por poco que haya sido aún) ni habría hecho ni una pequeña fracción de las cosas que he llegado a hacer este verano. Y es satisfactorio darme cuenta que por mucho camino que quede aún, estoy un paso más allá. Soy algo, y ese algo es mucho, muchísimo más que la mayor parte de las personas que me rodean, que veo en mi día a día.

Pero ya te digo, eso es solo culpa y responsabilidad mía.

Así que piénsalo y sé sincero, ¿de verdad estás satisfecho? No te engañes. Levanta de una puta vez el culo del sofá, deja el teléfono un ratito y, simplemente, haz.

Porque ya te digo, eso es solo culpa y responsabilidad tuya.