miércoles, 16 de julio de 2014

Quién

Yo era de papel. 

Empecé a escribir porque los libros ya no eran mejores que las personas y las historias ya no me dejaban vivir. Los dedos me palpitaban, martilleaban el teclado. Ya no bastaba con leer, y descubrí la escritura. Siempre he tenido las palabras como una manera de encontrarme dentro del caos en mi cabeza. Llevo años sintiendo que me pierdo en una realidad que no he elegido, y escribir me permite – o me permitía – poner los pies en el suelo, asentarme. Recuperar la cordura.



No recuerdo si era feliz. Tampoco recuerdo en qué momento dejé de serlo, si lo hice en algún momento o si simplemente perdí el control. El presente se aceleró, empecé a descubrir que se perdía y que estaba sola. Se borró la línea entre lo que es real y lo que no, y entonces escribir perdió su sentido. Quería que me sanara pero sólo me servía para recrearme en mi dolor, lamentándome del ardor de los pulmones, de los gritos de los muertos.


...huyo. Me acurruco en un rincón, me permito un descanso, inhalo tabaco y exhalo la ansiedad. Así funciono.
Y me dejo hipnotizar por lo efímero del humo que ondula a mi alrededor. Fantaseo que se hiela el mundo, y el único movimiento en él soy yo, sentada, sola, inhalando y exhalando y sonriendo como una idiota. Dejo brotar las lágrimas, dejo que resbalen. Dejo que brote de mis labios una nota sorda, que muere antes de poder considerarla un quejido.
A veces me da por soñar, por crear utopías. Pero siempre mueren al terminarse el cigarro.

Creo que simplemente me dejé ensombrecer hasta que un día, al despertar, ya no me reconocí en la escritura. No era aquello en lo que me había convertido. 

Le temía al papel porque no sabía qué era lo que iba a escribir en él, porque se descosía el ahora, y el ahora es lo único que tengo. Era absurdo intentar hablar de ello con nadie. Sabía por qué dolía, pero no quería herir con ello. Me creí capaz de superarlo sin ayuda, como con tantas otras tonterías y lo guardé todo herméticamente en mi interior. Desde allí fue quemando. Cuando me quise dar cuenta me había podrido. 

No hay en el mundo palabras para describir ese vacío que nos llena.



Mi familia no era de ayuda. Unos demasiado consumidos en sus antidepresivos, los otros demasiado estresados por la falta de dinero, se limitaron a culparme de todo lo que me pasaba. La gente no sabe qué hacer cuando les dices que ya no tienes ganas de estar vivo. Sobretodo si llevan todo ese tiempo convencidos de que todo va bien. E, igualmente, qué vas a saber tú del dolor, si tienes trece, catorce, quince años. Qué vas a saber de la vida. Bueno, yo sabía que no quería formar parte de ella. Por suerte, no tenía los cojones. O quizás amo todo demasiado.

Esos años fueron un infinito. Pero son otra historia.

Intenté dejar de escribir sobre mis sentimientos, porque me enfadaba sentirme así, creyendo – muy erróneamente – que cambiaría en el proceso. Pensé que si no exteriorizaba todo aquello que me prendía fuego, que si encerraba el problema, desaparecería. Ese límite sólo sirvió para alejar de mí la escritura, sintiendo ajeno todo aquello que salía de mí. Mierda, basura.

Y dejé de escribir.


Durante meses a penas me di cuenta de que ya no lo hacía. Simplemente no pasaba. Con el tiempo empecé a desesperarme porque no sabía que iba a ser de mí sin escribir. ¿QUÉ SOY YO SIN LAS PALABRAS? ¿Cómo vivo, cómo respiro, cómo existo? ¿Qué soy? ¿Qué soy? ¿Qué soy?

Me perdí. Y me encontré en los demás, en las palabras pronunciadas, en el fin del silencio. No era la única sintiéndome así, no era la única enfadada, rota. 

Ya no hay ese peso. Pero me cuesta dejarlo atrás. Es difícil desprenderse del miedo a seguir emanando dolor, es difícil derribar el muro y volver a abrirse – aunque te abras a ti mismo – después de tanto tiempo. No sabes qué vas a encontrar cuando te leas, no sabes qué parte de ti brota esta vez.

A día de hoy la realidad se ha vuelto extraña. No estoy triste. De hecho soy feliz, muy feliz. 

Pero a medida que mejoro en mí misma empeoro en mi casa. Los mismos que me castigaban entonces por ahogarme de ansiedad me castigan hoy por lo que me hace bien. El problema es que mi felicidad no es la suya, ni de la manera en que ellos querrían que yo fuera feliz. Porque no armoniza con su forma de ver el mundo, porque mi felicidad es un efecto colateral de hacer cosas que tienen asimiladas como incorrectas.


He dejado de formar parte de ellos. Me encuentro como una espectadora de su teatro, les veo moverse, comer, montar su espectáculo. A penas intervengo. Y no por falta de cosas que hacer o decir, o por miedo. Nada de eso. Es simplemente que no quiero entrar en su juego, ese ir y venir de sinsentidos que han aceptado como normales. No quiero su mentalidad, ni su forma de ser, ni de ver las cosas. Hieren con sus golpes, sus palabras vomitadas con rabia. Sepultureros, se disfrazan de la parca para arrastrar a todo aquel que se oponga a su rutina, a su ceguera, su muerte en vida.

No pertenezco. No puedo ni quiero ser lo que planearon. Y no lo siento.

Y no me importan todas las veces que puedan entrometerse. No importa lo alto que puedan gritar, lo fuerte que peguen. SOY YO. Yo, que escribo, que canto, que derribo la pared, que me siento viva, que respiro con todo el pecho.

El vacío ya no está. Hay un amanecer detrás de otro, un día más. Y es maravilloso volver a sentir el cosquilleo en las manos, los sentidos acelerados, la intensidad en el cuerpo, presionando todo. Es maravilloso poder llenar de nuevo páginas y páginas de cosas que saben a mí. Es increíble volver a sanarme con las palabras, poder dejar que bañen y rasquen cada recodo de mi alma. Vibran dentro, no hay forma de callar el zumbido. No puedo perderme, ellas me encuentran.

Durante esos años fui totalmente incapaz de expresar lo que sentía. La distancia lo ha puesto a mi altura y puedo mirarlo ahora a los ojos. Escrita queda mi pelea. Yo ya no soy mi dolor, ni la rabia que me lamía por dentro. Soy fuerte. Y no le temo al papel. Y no lo dejaré escapar.