jueves, 13 de noviembre de 2014

Suerte que sé que estás

Desde esa noche
no consigo escribir.
No puedo culparte
de que se vayan
las palabras, 
pero lo hacen.
Al fin y al cabo,
no es que hayas
roto nada tangible.
Y ahora que me descoso
y se dilatan los metros,
y me invade el ruido,
quizás es
que realmente no sé,
como tú dices,
en el más amplio
sentido de la palabra.
Y aunque
solo tú y yo
somos más que esto,
más que el dolor
y el llanto al teléfono
ahora mismo,
y en este momento
apenas te siento.

miércoles, 15 de octubre de 2014

Para no haber, ya ni llanto


Me pesan los ojos con cada parpadeo. Ya no hay descanso. Las noches discurren a trompicones, con sus pesadillas y sus despertares y su dolor; con tu ausencia marcada en el colchón, al otro lado de la almohada. Y la taza vacía y sola recordando que un día estabas, pero que eso se acabó. 

No se oye nada. Ni un murmullo quedo al otro lado de la puerta, ni canciones en la ducha, ni la cafetera rugiendo y llorando ese marrón que prácticamente consumías intravenoso. No queda ruido, ni pasos dormidos en el parquet del salón. 

Escribir sobre tu ausencia me derrota. Igual que verte en la sombra de todas las cosas que teníamos y que ahora están desparramadas por el suelo, dejando la casa como el campo de batalla de una guerra que nadie ganó jamás. 

Sé que no hay un después a esto, como sé que no debe haberlo; igual que tampoco debería escribir nunca más sobre ti, ni leer como todo en ti fue naufragio para que pare de llover entre las paredes de mi cuarto. Quizás así no quemes tan dentro, tanto.

Y toda la culpa es de los desayunos que no sé tragar ahora que estoy a solas. Por las medias mañanas opacas tras la enésima noche en vela, con esas ganas de escribir sobre ti y de poder perdonarte y quererte otra vez en la mesa, en la cama o en el suelo. Pero no puedo.

Y toda la culpa es tuya, solo tuya. Y ya no soporto el café sin ti.

Escucha mi historia

Publico para informar de que participo en la iniciativa Escucha mi historia, un ejercicio de escritura colectiva que su autora realiza proponiendo una frase de una canción cada dos semanas a partir de la cual hemos de componer un relato.


Enlazo aquí el blog de María para aquellos a quienes les pueda interesar el proyecto.

Saludos,

jueves, 9 de octubre de 2014

Qué cosas



Lo dejaría atrás.
Mi ruido, mi casa,
mi edad, mi cuerpo.
Para guardarte cerca,
para guardar silencio.
Porque sólo tú,
tangible, tú
puedes doler tanto,
siendo tan necio,
aún con tanta razón,
y todavía quererte
durmiendo a mi lado,
leyendo en voz alta,
anclado a mi sexo.

domingo, 21 de septiembre de 2014

Doce de septiembre

Morí un poquito cuando me dejaste sola
No entendí el odio hacia todo
La necesidad de huir
No entendí que si callabas
Era porque no había nadie para oírte
Y ahora que yo soy la nueva tú
Y te dejo ocupando mi lugar
Veo que nunca aprenderás
Supongo que no hay mundo
En el que quepamos los dos bajo un mismo techo
Y ahora que con el tiempo
Entiendo tu dolor de entonces
Te pido perdón por culparte por ello
Por no haber abierto los ojos a tiempo
Por no haber sabido ver tu pena
Ni entendido que te fueras
Cuando aún podía hacer algo
Para mantenernos cuerdos


Pero te culpo por tu silencio
Porque pudiste haberme advertido de esto
Pudiste dejarme ayudarte
Ponerme en tu piel, como jamás hicimos antes
Y así, quizás, ahora
No sentir tanto daño
Y así, quizás, con suerte
Salvarnos a ambos.

lunes, 15 de septiembre de 2014

Niños de nada

Estáis todos estáticos.

Hablo de adolescentes sin sangre en las venas ni neuronas en el cerebro, esclavos de máquinas puntuales que, como todo, han conseguido sin el más mínimo esfuerzo. Que ni quieren, ni se preguntan, ni se interesan por nada, absolutamente nada; cuyo único objetivo durante la semana es llegar al sábado para salir de fiesta e hincharse de la droga que esté de moda en el momento. Que se hacen un millar de fotos exactamente iguales cada día frente al espejo. Rodeados de amistades efímeras y conversaciones banales. Hijos de padres amargados, habitantes de cubículos cerrados, que no son nadie; que empiezan a darse cuenta de que han criado una generación de niños vacíos por dentro. Que se odian a sí mismos cuando ven a su pequeña llegar a casa vestida de negro, y a altas horas de la madrugada se obligan a no notar su farfulleo, producto de tener más alcohol que sangre en el cuerpo, fingiendo no darse cuenta del olor a sexo y marihuana de su cuerpo. 

Hijos de nadie. Niños de nada. Más libres y aún así más reprimidos que nunca.



No te hagas el ofendido. No cometas el error de confundir mi realismo con pedantería. Acepta que no eres nadie, que no haces nada, que llevas una vida de mierda sin ningún tipo de productividad. No voy a mentirte y decir que no formo parte de eso, que no caigo en el tedio. Yo también me veo en pequeños matices que la gente que me rodea. Hasta hace poco era de esos.

La diferencia es que yo era, soy y seré consciente de ello. La diferencia es que me odiaba por ello, y por ese motivo ahora me muevo.

Pero déjate de excusas. Claro que es complicado no dejarse arrastrar, claro que es fácil no ser normal. La vida que te proponen es mucho más sencilla: haz caso a tus padres, estudia entre semana, ten amigas, ponte siempre guapa, liáte con un chico de vez en cuando, no contradigas, compra, olvida, y luego si eso bebe a escondidas los fines de semana para olvidarte de que te odias a ti misma. Simple. ¿Pero a qué precio?

¿No has pasado alguna noche enfrentándote al papel en blanco? ¿No te sientes cansado al final del día sin saber por qué? ¿No odias retroceder un par de años y darte cuenta de que no has creado, ni aportado, ni cambiado absolutamente nada?

Y sí, sé perfectamente cuán más fácil es decirlo que hacerlo. Que no basta con tan solo quererlo. Sé del esfuerzo, del miedo, de la rabia. Sé del rechazo de aquellos que deberían amarte y animarte a ser más, a dar más, cuando empiezas a desprenderte de la mediocridad. Aquellos que no lo hacen. Pero resulta que el mundo funciona de manera que no puedes obtener sin renunciar. Llega un punto en que debes decidir si prefieres odiarte tú o que lo hagan los demás. Si quieres ser nada rodeado de mucha gente o serlo todo con unos pocos.

Al fin y al cabo, aunque jamás te enseñe cómo hacerlo, el mundo en su inmensidad está hecho para aquellos que tienen algo que aportar. ¿Los demás? Desaparecen con la marea. Se pierden en el vacío del olvido.

Yo sé que, si miro atrás, a pesar de haber hecho, de haber escrito, cantado, peleado, me he quedado corta. Que no es suficiente. Quizás nunca es suficiente. Y quizás es necesaria esa sensación de insuficiencia, para mover a todos aquellos que se quedan mirando el techo a medianoche, sin saber explicar el vacío que sienten dentro, preguntándose por qué se aburren tanto si jamás tienen tiempo.



Puede ser que, de no haber sido por Nanaky, me hubiera quedado tal y como estaba otros meses, quizá incluso años. No tendría hoy un millar de consecuencias que enfrentar por haber decidido avanzar en vez de estar parada con cara de idiota. Quizás habría seguido siendo sólo una adolescente medio depresiva que ve y desprecia todo esto pero tampoco cambia demasiado. No niña de nada, pero de muy poco. No habría escrito absolutamente nada, ni habría empezado a aporrear la guitarra, ni habría sido la mitad de libre (por poco que haya sido aún) ni habría hecho ni una pequeña fracción de las cosas que he llegado a hacer este verano. Y es satisfactorio darme cuenta que por mucho camino que quede aún, estoy un paso más allá. Soy algo, y ese algo es mucho, muchísimo más que la mayor parte de las personas que me rodean, que veo en mi día a día.

Pero ya te digo, eso es solo culpa y responsabilidad mía.

Así que piénsalo y sé sincero, ¿de verdad estás satisfecho? No te engañes. Levanta de una puta vez el culo del sofá, deja el teléfono un ratito y, simplemente, haz.

Porque ya te digo, eso es solo culpa y responsabilidad tuya.

viernes, 29 de agosto de 2014

Los nadies

Sueñan las pulgas con comprarse un perro y sueñan los nadies con salir de pobres, que algún mágico día llueva de pronto la buena suerte, que llueva a cántaros la buena suerte; pero la buena suerte no llueve ayer, ni hoy, ni mañana, ni nunca, ni en lloviznita cae del cielo la buena suerte, por mucho que los nadies la llamen y aunque les pique la mano izquierda, o se levanten con el pie derecho, o empiecen el año cambiando de escoba. 



Los nadies: los hijos de nadie, los dueños de nada. 
Los nadies: los ningunos, los ninguneados, corriendo la liebre, muriendo la vida, jodidos, rejodidos:
Que no son, aunque sean.
Que no hablan idiomas, sino dialectos.
Que no profesan religiones, sino supersticiones.
Que no hacen arte, sino artesanía.
Que no practican cultura, sino folklore.
Que no son seres humanos, sino recursos humanos.
Que no tienen cara, sino brazos.
Que no tienen nombre, sino número.
Que no figuran en la historia universal, sino en la crónica roja de la prensa local.

Los nadies, que cuestan menos que la bala que los mata.

-El Libro de los Abrazos, Eduardo Galeano


domingo, 10 de agosto de 2014

{ Maia } Uno

Atravesé como una flecha los arbustos, arañándome la cara con las ramas desnudas que se torcían como garras en todas direcciones. Hundida en la nieve hasta la pantorrilla, cada paso era una cuchillada. Mis pulmones buscaban con desesperación el aire mientras estallaban a lo lejos las bombas que me ensordecían al vibrar en mis oídos. 

Las imágenes golpeaban mi cerebro sin control. El bosque sumido en sombras se mezclaba con las llamas lamiendo las casas y los edificios derrumbados; los animales que pasaban huyendo a toda velocidad por mis costados se confundían con todos aquellos desesperados que había visto corretear sin rumbo por las callejuelas apenas minutos antes, aullando nombres e intentando encontrar refugio del fuego y las balas. 

La voz rota de algún lobo distante sonaba como mi hermano, suplicándome que corriera. 

Un pequeño problema del pánico es que te desordena la realidad.



Corre, Maia. 

Y corrí, sí. Corrí con la esperanza de llegar pronto al pie de las montañas. La idea de estar moviéndome en círculos me enloquecía, si me encontraban todo estaría perdido. Es curioso porque de haber parado, orientarme hubiera sido lo más fácil y ridículo del mundo. Orientarse no es un problema cuando los árboles pueden hablar contigo. Pero yo no pensaba en eso. Los árboles eran un borrón verde, marrón y blanco a mi alrededor; su canto agónico latía en mis orejas, sentían el calor del fuego en sus raíces. 

Pronto me golpeó el silencio. El aire se había vaciado de explosiones. El bosque no emitía un solo sonido. Me detuve en seco y me sorprendí a mí misma en un claro, un pequeño círculo limpio de verde. Miré a mis espaldas, por encima de los pinos, distinguiendo una humareda que subía en círculos hacia la noche. Se detuvo mi corazón. Ni siquiera había gritos. 

Sentía arder el pecho y mi estómago contraerse de formas inhumanas. Uno no se imagina lo agotador que es algo así. Tienes mil sensaciones que se pelean para que les prestes atención, y tú no tienes ni fuerzas para asimilar el significado de lo que te está ocurriendo. Tenía frío. Tenía sueño, tenía miedo, pero lo peor era la culpabilidad. Era como si uno de los cascotes de escombros que volaban en todas direcciones se hubiera instalado en mi costado y me estrujara, me sacudiera. Di un par de pasos vagos entre la nieve limpia del claro. 

Colapsé. El pánico que me había empujado a correr por tener una oportunidad de sobrevivir fue sustituido por el peso de todos aquellos a los que había abandonado para que murieran. 

No tuve mucho tiempo para pensar en ello. El bosque fue azotado por un ruido no muy lejano, cortándome la respiración de golpe. Intenté silenciar mi cabeza. Caballos, varios de ellos, a galope entre la maleza. Los suficientes y suficientemente rápido como para que no los silenciara la nieve. 

Ansiosamente miré a mi alrededor buscando dónde meterme. Necesitaba un lugar, un refugio, un agujero, algo, o iba a estar perdida, perdida. El pánico subió de nuevo por mi esófago al caer en la cuenta de que no iba a encontrar nada salvo árboles. 

Una idea me atravesó la cabeza de un flechazo. Me arrastré a un árbol roto cuyo tronco descansaba inclinado sobre la nieve, dejando un hueco debajo. Me cubrí hasta las cejas con la capa y me aplasté contra él, en el suelo. Esforzándome por ignorar el frío, que atravesaba todas las capas que llevaba encima, me cubrí con la nieve tanto como pude. 

Respiré con profundidad. La concentración era vital. Apreté los párpados, fruncí el ceño y me centré en las manos que, temblando, hundí en la nieve y clave en la fría y congelada tierra. Rezando para que funcionara, murmuré un par de palabras tan antiguas que ya casi han caído en el olvido. Ayúdame, Madre. 

Me palpitaba a toda velocidad el corazón cuando empecé a sentir la energía recorriendo mi cerebro, mi pecho, mis brazos. Débil, pero existente. Repetí una y otra vez la formula, intentando mantener el control sobre mí misma. Se me acababa el tiempo. 

Y un pequeño inconveniente de la magia es que suele abandonarte.


Sentí una corriente eléctrica recorrer mi cuerpo y abrí los ojos. A penas era capaz de ver mis propios dedos. Mi piel, antes olivácea, se confundía con el blanco del suelo. Lo mismo sucedía exactamente con mis ropas. 

Era una maravilla. Ese tipo de hechizo estaba totalmente fuera de mi rango, y había sido capaz de realizarlo en una situación así. Casi pude sonreír por aquella ausencia repentina del color en mí, pero no tuve tiempo de alegrarme. El ruido de los cascos se intensificó hasta que pude verles entrando al claro. Contuve un mínimo de esperanza de que simplemente pasaran de largo y todo fuera unos segundos de horrible espanto, pero desapareció al verlos detenerse. Cerca, demasiado cerca. El silencio era para entonces una losa. Casi echaba de menos los estallidos.

A escasos metros de mí estaban los caballos más grandes que había visto jamás. Su color azabache era escandaloso en el paisaje, y sus jinetes, a quienes no podía siquiera mirar sin que se me helara toda la sangre que contenían mis venas, hablaban entre ellos en una lengua que no reconocí. Arrastraban las palabras, teñidas de ira, como si les costara hablar. 

Noté mi cordura escapándose a medida que pasaban los minutos. Supe que, de alguna forma, sentían mi presencia y no estaban dispuestos a dejarme escapar. Dieron unas vueltas por el claro buscando, como yo unos minutos antes, algún posible escondite. Hubo un momento en que uno de ellos se acercó hacia mí, y se me detuvo el cuerpo. Me envolvió por completo el olor putrefacto de la sangre, y tuve que aguantar las arcadas, cerrando con fuerza los ojos.

Sostuve el aire. Silencio.

Perdí por completo el sentido del tiempo, quizás también la consciencia por un rato, porque en cuanto abrí los ojos ya no estaban allí. Lo único restante de su presencia era un rastro rojo que se perdía entre la maleza. Hiperventilando, entumecida, salí de la protección del árbol. Estaba muerto, pero no pude evitar murmurarle un gracias mientras me arrastraba por la nieve unos cuantos metros, sin prácticamente sentir mis extremidades.

El dolor era algo insoportable, pero me forcé a caminar, consciente de que si no encontraba donde refugiarme iba a morir allí mismo y todo habría sido en vano. Los pinos habían vuelto despacio a su cántico pero hablaban a la vez, mezclando las palabras. Debían tener miedo. Yo no entendía nada de nada.

Vagué a través del bosque durante lo que sentí como una eternidad. Las fuerzas y la noción de lo que me rodeaba me fueron abandonando, y el sueño no tardó en llegar. Dejé de sentirme desesperada a pesar de que ni siquiera se adivinaban los picos de las montañas desde donde estaba, y simplemente me dediqué a deambular mientras mis pasos se volvían lentos y mis movimientos, torpes. Me dejé entumecer hasta que caí en la nieve. Podía notarla muy lejos, quemando con su hielo la piel de mis mejillas. Permití que los gritos del bosque se convirtieran en un murmullo lejano. Solo quería dormir, así que me dejé llevar por la oscuridad.

En mis últimos instantes de consciencia, y justo antes de que todo desapareciera, dos brazos surgieron de la niebla y me levantaron en volandas.

Entonces se apagó todo.


Un estruendo me despertó de golpe. ¿Una bomba? Parpadeé con fuerza para acostumbrarme a la repentina luz. Estaba en lo que parecía ser una cueva a la que no recordaba haber entrado, y estaba cubierta de pieles que sabía con seguridad que no me pertenecían. Intenté incorporarme, asustada, pero un dolor agudo me atravesó el pecho y tuve que ahogar un grito.

Jadeé, quieta, hasta que desapareció. Solo entonces me atreví a recorrer la caverna con la mirada. El hueco en la roca era relativamente pequeño, si no recuerdo mal no tendría más de tres metros de ancho y dos de alto, pero cumplía con su función de no dejar que entre la tormenta. El hecho de estar totalmente sola me tranquilizaba y asustaba a partes iguales, pero nada me encerraba, por lo que técnicamente no era prisionera de nadie. O tal vez no me consideraban capaz de huir.

Sacudí ese pensamiento fuera de mi cabeza y me arrastré entre aullidos de dolor hacia la abertura. Quería ver donde estaba. La temperatura bajaba en picado al acercarte a la boca de la caverna, pero me olvidé del frío y el viento por unos segundos en cuanto vi la altura a la que me encontraba. Quien fuera que me hubiera traído había tenido que escalar mucho conmigo a cuestas para llegar hasta allí.

Quería quedarme ahí vigilando si se acercaba alguien, pero mi cuerpo no tardó a enfriarse, por lo que volví a reptar hasta mi posición original, acurrucada contra la pared de roca. Luché por mantenerme despierta, más por miedo que por amor al estado de consciencia, pero mis párpados pesaban demasiado y terminé cayendo irremediablemente en un profundo sueño.


-Buenos días – murmuró, dubitativo.

Guardé silencio y me arrastré con cuidado lo más lejos que la pared detrás de mí me permitió, mordiéndome la lengua para contener el dolor de mis músculos.

-No os mováis. Da la sensación de que estáis herida. 

-¿Quién sois? – espetó una voz ronca que casi no pude reconocer como mía. 

Esbozó una sonrisa de lado. 

-Mi nombre es Samuel. – calló, imagino que esperando que me presentara yo, pero no lo hice. Suspiró – Quizás deberíais echar un vistazo a vuestras heridas. 

Desenvainó un puñal, lo que me puso los pelos de punta. Todos mis sentidos se alertaron, saltando como un muelle, y supongo que se me notó en la cara porque su sonrisa se amplió entre sus mejillas. Sacó entonces de una bolsa un conejo muerto, y lo agitó un poco para que lo viera bien antes de girarse y empezar a despellejarlo. 

Esperé unos segundos hasta que me sentí segura de que no me miraba, y aparté las pieles que me cubrían. Me quité entonces mis zapatos, ahogando un grito al ver mis calcetines empapados de sangre. Los retiré con cuidado, descubriendo aliviada que solo se trataba de uñas rotas y algún corte. Las piernas las tenía cubiertas de amplios moratones y arañazos de distinta profundidad, pero a pesar de que casi no podía moverlas por el frío, no tenían nada serio. Proseguí hacia arriba quitándome el grueso vestido oscuro con dificultad, con los dedos de las manos intentando aún descongelarse, y contuve la respiración al descubrir un moratón negruzco que se extendía por todo mi costado izquierdo. Acerqué los dedos y un simple roce bastó para que gimiera del dolor. Una costilla rota, al menos, o quizás dos.

Suspiré un mierda frustrado, maldiciendo las explosiones y lo frágil de los edificios cuyos ladrillos se desperdigaban por los aires ante la mínima colisión. Una fractura lo dificultaba todo, y más yendo a pie.

-¿Puedo girarme? 

No respondí. De hecho, apenas le había oído, pues me estresaba pensar en todo lo que necesitaría para curar mis huesos y que ni en los mejores sueños podría conseguir. 

-Puedo ofreceros vendas – susurró Sam desde el otro lado. 

Mis ojos se clavaron en él durante unos instantes. Seguía de espaldas, y vestía ropa negra y una capa hecha con remiendos de distintas pieles. Era ancho y parecía ser bastante alto también. El pelo castaño le caía largo, sucio y desaliñado sobre los hombros. Soltó un suspiro de exasperación y se dio la vuelta para mirarme.

Intentando ignorar el pudor que me daba estar prácticamente desnuda delante de un hombre, me incorporé contra la pared de la caverna. Una vez abandonada por la adrenalina, la realidad era extremadamente dolorosa. El muchacho, quien imagino que se había resignado a mi silencio, rebuscó durante un rato en un morral que había dejado junto al fuego, y se acercó a mí con los vendajes en la mano. Mientras él hacía esto, me desprendí de la ropa que me quedaba. No parecía tener otras heridas a parte de ese golpe y otros cortes y manchas moradas, más superficiales, en los brazos. El resto de mi piel, intacta, permanecía de su color natural y cubierta de algún que otro tatuaje. Tiritando, tendí la mano hacia él para que me diera las vendas pero para mi sorpresa, rozó con el dedo mi hombro, donde tenía trazado en color oscuro un símbolo del Árbol Madre, cuyas raíces descendían a lo largo de mi brazo y sus ramas se extendían por mi cuello. 

-Sois una hija de la tierra – dijo, con los ojos muy abiertos. 

Le observé en silencio. Sus ojos eran de color hielo, y me devolvía la mirada en una mezcla de miedo y respeto. Apretó los labios y empezó a vendarme sin mediar otra palabra. Tenía fuerza, y una vez hubo terminado casi no podía moverme pero sentía mucho más contenidos los pinchazos en los huesos. Mordí la lengua y respiré hondo para controlar el dolor agudo que me atravesaba el pecho. 

Sin pronunciar palabra, regresó a su lugar junto a la hoguera y empezó a cocinar sobre ella el animal muerto. Demasiado agotada y dolorida para hacer ningún movimiento, ya ni hablar de vestirme, descansé todo mi peso sobre la roca y solté un suspiro. 

-¿Quién sois vos? - le pregunté, de nuevo. 

-Samuel H'lak, hijo de Jort. Vengo del sur, de Grya. 

El corazón se me disparó en el pecho. Grya. El extremo meridional de nuestro país. Lejos, lo suficiente como para que resultara desconcertante, si no preocupante, encontrar a algún habitante fuera de allí, demasiado lejos incluso para que él supiera de nuestra existencia. 

-¿Por qué nos conoces? 

Un pequeño efecto colateral de la guerra es que te enseña a no confiar en nadie.

miércoles, 16 de julio de 2014

Quién

Yo era de papel. 

Empecé a escribir porque los libros ya no eran mejores que las personas y las historias ya no me dejaban vivir. Los dedos me palpitaban, martilleaban el teclado. Ya no bastaba con leer, y descubrí la escritura. Siempre he tenido las palabras como una manera de encontrarme dentro del caos en mi cabeza. Llevo años sintiendo que me pierdo en una realidad que no he elegido, y escribir me permite – o me permitía – poner los pies en el suelo, asentarme. Recuperar la cordura.



No recuerdo si era feliz. Tampoco recuerdo en qué momento dejé de serlo, si lo hice en algún momento o si simplemente perdí el control. El presente se aceleró, empecé a descubrir que se perdía y que estaba sola. Se borró la línea entre lo que es real y lo que no, y entonces escribir perdió su sentido. Quería que me sanara pero sólo me servía para recrearme en mi dolor, lamentándome del ardor de los pulmones, de los gritos de los muertos.


...huyo. Me acurruco en un rincón, me permito un descanso, inhalo tabaco y exhalo la ansiedad. Así funciono.
Y me dejo hipnotizar por lo efímero del humo que ondula a mi alrededor. Fantaseo que se hiela el mundo, y el único movimiento en él soy yo, sentada, sola, inhalando y exhalando y sonriendo como una idiota. Dejo brotar las lágrimas, dejo que resbalen. Dejo que brote de mis labios una nota sorda, que muere antes de poder considerarla un quejido.
A veces me da por soñar, por crear utopías. Pero siempre mueren al terminarse el cigarro.

Creo que simplemente me dejé ensombrecer hasta que un día, al despertar, ya no me reconocí en la escritura. No era aquello en lo que me había convertido. 

Le temía al papel porque no sabía qué era lo que iba a escribir en él, porque se descosía el ahora, y el ahora es lo único que tengo. Era absurdo intentar hablar de ello con nadie. Sabía por qué dolía, pero no quería herir con ello. Me creí capaz de superarlo sin ayuda, como con tantas otras tonterías y lo guardé todo herméticamente en mi interior. Desde allí fue quemando. Cuando me quise dar cuenta me había podrido. 

No hay en el mundo palabras para describir ese vacío que nos llena.



Mi familia no era de ayuda. Unos demasiado consumidos en sus antidepresivos, los otros demasiado estresados por la falta de dinero, se limitaron a culparme de todo lo que me pasaba. La gente no sabe qué hacer cuando les dices que ya no tienes ganas de estar vivo. Sobretodo si llevan todo ese tiempo convencidos de que todo va bien. E, igualmente, qué vas a saber tú del dolor, si tienes trece, catorce, quince años. Qué vas a saber de la vida. Bueno, yo sabía que no quería formar parte de ella. Por suerte, no tenía los cojones. O quizás amo todo demasiado.

Esos años fueron un infinito. Pero son otra historia.

Intenté dejar de escribir sobre mis sentimientos, porque me enfadaba sentirme así, creyendo – muy erróneamente – que cambiaría en el proceso. Pensé que si no exteriorizaba todo aquello que me prendía fuego, que si encerraba el problema, desaparecería. Ese límite sólo sirvió para alejar de mí la escritura, sintiendo ajeno todo aquello que salía de mí. Mierda, basura.

Y dejé de escribir.


Durante meses a penas me di cuenta de que ya no lo hacía. Simplemente no pasaba. Con el tiempo empecé a desesperarme porque no sabía que iba a ser de mí sin escribir. ¿QUÉ SOY YO SIN LAS PALABRAS? ¿Cómo vivo, cómo respiro, cómo existo? ¿Qué soy? ¿Qué soy? ¿Qué soy?

Me perdí. Y me encontré en los demás, en las palabras pronunciadas, en el fin del silencio. No era la única sintiéndome así, no era la única enfadada, rota. 

Ya no hay ese peso. Pero me cuesta dejarlo atrás. Es difícil desprenderse del miedo a seguir emanando dolor, es difícil derribar el muro y volver a abrirse – aunque te abras a ti mismo – después de tanto tiempo. No sabes qué vas a encontrar cuando te leas, no sabes qué parte de ti brota esta vez.

A día de hoy la realidad se ha vuelto extraña. No estoy triste. De hecho soy feliz, muy feliz. 

Pero a medida que mejoro en mí misma empeoro en mi casa. Los mismos que me castigaban entonces por ahogarme de ansiedad me castigan hoy por lo que me hace bien. El problema es que mi felicidad no es la suya, ni de la manera en que ellos querrían que yo fuera feliz. Porque no armoniza con su forma de ver el mundo, porque mi felicidad es un efecto colateral de hacer cosas que tienen asimiladas como incorrectas.


He dejado de formar parte de ellos. Me encuentro como una espectadora de su teatro, les veo moverse, comer, montar su espectáculo. A penas intervengo. Y no por falta de cosas que hacer o decir, o por miedo. Nada de eso. Es simplemente que no quiero entrar en su juego, ese ir y venir de sinsentidos que han aceptado como normales. No quiero su mentalidad, ni su forma de ser, ni de ver las cosas. Hieren con sus golpes, sus palabras vomitadas con rabia. Sepultureros, se disfrazan de la parca para arrastrar a todo aquel que se oponga a su rutina, a su ceguera, su muerte en vida.

No pertenezco. No puedo ni quiero ser lo que planearon. Y no lo siento.

Y no me importan todas las veces que puedan entrometerse. No importa lo alto que puedan gritar, lo fuerte que peguen. SOY YO. Yo, que escribo, que canto, que derribo la pared, que me siento viva, que respiro con todo el pecho.

El vacío ya no está. Hay un amanecer detrás de otro, un día más. Y es maravilloso volver a sentir el cosquilleo en las manos, los sentidos acelerados, la intensidad en el cuerpo, presionando todo. Es maravilloso poder llenar de nuevo páginas y páginas de cosas que saben a mí. Es increíble volver a sanarme con las palabras, poder dejar que bañen y rasquen cada recodo de mi alma. Vibran dentro, no hay forma de callar el zumbido. No puedo perderme, ellas me encuentran.

Durante esos años fui totalmente incapaz de expresar lo que sentía. La distancia lo ha puesto a mi altura y puedo mirarlo ahora a los ojos. Escrita queda mi pelea. Yo ya no soy mi dolor, ni la rabia que me lamía por dentro. Soy fuerte. Y no le temo al papel. Y no lo dejaré escapar.

viernes, 27 de junio de 2014

Pum. Verano.

La temporada de verano queda definitivamente inaugurada. Hace ya¿dos semanas? que estoy de vacaciones y puedo decir que han llegado como un bofetón. No he tenido la sensación de transición típica de los fines de curso en que las semanas previas (que haces menos si cabe que el resto del año) notas como se acaba la rutina y empieza la fiesta. ¿Por qué? Ni puta idea. 

Quizás fue cosa del viaje de fin de curso a Londres, que tuvo lugar los tres primeros días de aquella última semana y fue... diría que la palabra es decepcionante. Es decir, sí, es Londres y sí, estaba con mis amigas, pero lo único que hicimos fue correr de un lado a otro de la ciudad fotografiando a toda prisa cosas increíbles que no tuvimos tiempo de disfrutar, escuchando como dos compañeras particularmente exaltadas soltaban ordinariez tras ordinariez con un precioso y fingido acento andaluz. No es como lo había imaginado.
No todo fue malo, no pretendo ser dramática. Gracias al cielo tuvimos algún que otro rato en un parque para relajarnos y respirar el aire húmedo de la ciudad rodeados de ardillas y palomas sorprendentemente gordas. Y cuervos, montones de ellos. Eran preciosos. La última noche fue de largo lo mejor de todo el viaje, pues tras ver un musical nos pateamos un poco Picadilly y el Soho. Creo que fue allí, mientras bailaba y cantaba a todo pulmón en tirantes, donde pillé una gripe bastante bonita que aún padezco. Woo-hoo.


En fin, que tras volver del viaje siguió un día de completa histeria para gran parte de las chicas de mi curso, las cuales se estresason muchísimo perfeccionando un festival de fin de curso que a nadie le importaba un carajo. Cabe decir que salió de maravilla, hubo risas, llantos... Y de repente se había terminado. Pum.

He acabado la ESO. Qué fuerte, ¿eh? Tanto tiempo metiéndonos miedo con Bachillerato y ahora que ya estamos a sus puertas, yo no me siento nada diferente al respecto. Misma mierda, diferente edificio. Por lo menos la gente será distinta. Muchos me preguntan por qué he elegido salir de Sant Feliu para estudiar, otros simplemente me encasillan como una pija porque, claro, el Vedruna es privado - misma mierda -. De hecho, un día me di cuenta de que si iba a pasar tantas horas de mi vida encerrada en una aula y rodeada de imbéciles, quería que por lo menos fueran caras nuevas para tener el miserable entretenimiento de conocerles. 

No os confundáis, ni soy perfecta ni superior a nadie. Simplemente mi cerebro no podía tolerar más rato cerca de los que hasta ahora han sido mis compañeros de clase. Me ponen negra con su simplez, su ignorancia y su conformidad y no son lo suficientemente majos o divertidos como para que compense a largo plazo. Un rato, vale. Dos años más, ni fumada. Dentro de Sant Feliu iba a conocer a gente nueva también, claro, pero poca. Así que he querido empezar de nuevo.

Debo confesar que da un poco de miedo, pero no es nada a lo que no haya sobrevivido antes. 

Volviendo a mi última semana, la tarde después del festival fue un tanto caótica. Tras pasar casi tres horas en el veterinario de urgencia por mi perro, llegué a casa de mi madre para prepararme para la cena de fin de curso y fui recibida alegremente por ésta con un broncón digno de un criminal. ¿El motivo? Parece ser que en vez de estar con mi animal debía estar maquillándome para la posterior cena. Convencida de que eso era una suma gilipollez, discrepé, y para mi sorpresa la discusión degeneró de una manera admirable. Se me gritó por tantas cosas que a penas las recuerdo, pero las más destacables fueron el cáncer de mi abuelo y que mi padre me amargara mi noche. Alucinante. Opté por irme al carajo tras decirle que pensara en las chorradas que estaba diciendo y la cosa terminó con un WhatsApp suyo a las dos de la mañana diciéndome que durmiera con ella esa noche. 

La cena fue bien, para mi sorpresa. Los profesores se pillaron un pedo considerable y tras cargarse varias copas haciendo Sant Hilaris en el restaurante nos fuimos a Skull, donde jugaron un mundial de futbolín y bailaron bastante. Bastante entretenido.

Y así, de pronto, estoy de vacaciones. Han empezado a caer familiares en mi casa cuyo número se irá multiplicando con las semanas y no me hace la más mínima ilusión. Dejando eso de lado, he tenido días bastante buenos con mis amigos tanto en el pueblo como en ferias de Palamós. Sant Joan fue especialmente divertido, estuvimos nadando en la piscina de un amigo hasta las dos de la mañana y luego hicimos explotar un Playmobil de cartón y papel maché en la playa para la alegría de unos hippies muy simpáticos que teníamos al lado. 

Mañana por la tarde voy a ir al desfile del orgullo con un amigo y por la noche, Random Local Party. Me apetece mucho. Estoy de buen humor últimamente, no me siento inútil y a pesar de que mi ventilador arma escándalo y me despierta a las seis de la mañana estoy bastante descansada también.

Supongo que forma parte de mi cambio de actitud también. Ya no me contengo tanto. Le he puesto fin al conceal, don't feel, put on a show que tenía por norma y la liberación es increíble. Que si no me apetece no pongo buena cara, o no me quedo a cenar, o te vas a la mierda. Punto. No sé a quién pretendía engañar hasta ahora, pero guste o no yo también siento cosas y estoy hasta las narices de dejarlas de lado por el bien común. Así que sí, me siento bien. A ver qué depara este verano.

miércoles, 11 de junio de 2014

Feeling good

Hace justo una semana que tomé la decisión de dar un cambio. En la entrada anterior exhalé la frustración que lleva carcomiéndome años, y me hice una promesa. No os lo creeréis, pero ya me siento diferente.


A pesar de que hoy ha sido un día totalmente perdido y absurdo - tenía millones de planes e ideas que al final han acabado convirtiéndose en siesta y cambiar el diseño a este sitio - empiezo a notar que nace el buen humor en mí. Quizás estoy divagando y es solamente el calor y el verano que llega pero me noto más animada, con más ganas de hacer cosas que antes. 

I broke out. He salido, paso a paso empiezo a librarme del peso que sentía dentro. Y qué fácil parece todo lo que antes era un mundo. Me descubro haciendo cosas cuyas consecuencias me aterraban hace a penas meses, y la sorpresa es gigantesca al darme cuenta de que realmente no pasa nada. Una falta en mi asquerosamente inmaculado boletín del colegio, un par de gritos quizás, pero nada más. Los "daños colaterales" son tan efímeros que no sé si reír o enfadarme por haberme contenido tanto tiempo. 

Y es que había aprendido que el problema radicaba en mí. Que no era más que una impertinente que necesitaba aprender a bajar la cabeza y hacer caso. Ahora sé que no es así. No estoy sola en esto, dios, no lo estoy. Hay otras personas que ven el mundo de la misma forma, y no están solo en los libros o las canciones. Viven a mi alrededor, caminan por mis calles. Hay más personas a las que les disgusta todo, lo critican todo y lo quieren cambiar todo. En el - ya largo - proceso de descubrir qué era lo que veía tan mal de mi alrededor, me he dado cuenta de que no está todo perdido. Llevaba tanto tiempo con la cabeza enterrada en el pupitre que solo podía desesperarme contemplando la cantidad absurda de imbéciles sin nada que decir ni preguntarse que me rodeaba. Pero hay más allá fuera, lejos del ambiente de represión en las aulas, del otro lado de la puerta de mi casa. Hay mucho por lo que luchar, por lo que pelearse.

Es maravilloso.

martes, 3 de junio de 2014

Necia

Es vergonzoso lo poco que escribo últimamente. Y por últimamente me refiero a los últimos, ¿qué? ¿Dos años casi, ya? Día tras día parece que pierdo el rumbo de todo aquello que realmente tiene sentido. No escribo, es eso. Y no es por falta de inspiración o ideas, que de hecho tengo. Simplemente no lo hago. Me acuesto a mirar las paredes, demasiado cansada, demasiado enfadada.

Y es que es frustrante. Es frustrante que en mi entorno, en mi casa, en mi instituto, entre mis amigos más cercanos incluso, no encuentre manera de sentir que pertenezco. Siento que voy a la deriva, que planeo y solo miro al mundo girar a mi alrededor, enfadada porque no me gusta y no encuentro manera de cambiarlo. Enfadada por el poco interés que incluso aquellos a quién más quiero sienten hacia las cosas que me dan la vida cuando intento hablarles de ello. Mi cabeza burbujea de ideas, y pienso. Pienso mucho. Pero me siento muy desmotivada. Me decepciona ver lo inconscientes, lo ciegas que son las personas, sobretodo las de mi edad. Viven en un mundo regalado, acostumbrados a no luchar por nada y obtenerlo todo. ¿Lo peor? A veces veo que me estoy convirtiendo en una de ellas. Porque, a pesar de que mi día a día es una constante discusión y pelea por defender aquello que yo considero correcto, no avanzo. Paso la mayor parte de mi tiempo encerrada en una clase con una veintena de adolescentes que no hacen absolutamente nada y no quieren absolutamente nada, en un entorno que les premia el esfuerzo mínimo y desmerece los talentos de cada uno, obsesionados con que aprendamos cosas que ni siquiera ellos recuerdan. Controlada por supuestos adultos que pretenden inculcarme su sistema de mierda. Porque el mundo es así, Ailen, aprende a aceptarlo. Es una agonía el hecho de sentir que pierdo el tiempo, y que cuando por fin me libero estoy tan agotada que solo me apetece dormir y olvidarme. Y dejarme llevar. Y todo a la mierda.

 
Pero qué cojones, no quiero. No acepto su sistema, su salvación eterna, su concepto de lo que es correcto. No voy a indefinirme. No me da miedo destacar, ser diferente, por frustrante que eso pueda resultar. No acepto que todo lo que pienso sea pasión adolescente, una ira pasajera. Llevo sintiendo esto desde siempre. Por eso, basta. No temo el odio ajeno, no es una novedad. Yo quiero un cambio aún si me cueste reducir mis huesos a polvo. Empieza en mí, y el pistoletazo de salida ya ha sonado.

Doy por finalizadas entonces las lamentaciones. Ya se me ha demostrado que quejarme de todo no soluciona nada. Que las únicas mejoras han llegado al empezar a tocar los huevos para conseguirlas. Por eso, manos a la obra. Voy a centrarme en Maia, que siempre ha sido el proyecto madre desde que empecé a escribir, merecedor de una edición decente. Voy a revivir este maldito blog, porque necesito hablar y dejar de guardar todo lo que siento dentro y asegurarme de que el cambio realmente se está llevando a cabo.

Al fin y al cabo, ese siempre ha sido el motivo por el que escribo. Para cambiar y cambiarme. Para ser libre, para vivir y no matarme.

martes, 25 de febrero de 2014

El motivo por el cual la inspiración viene de visita, cargada de palabras, sucia, desaliñada, a juego con mi interior. Que llega y lo único que quiere es acurrucarse a hacer el amor despacito contigo, la muy maldita. Y se esconde en el chasquido de tu orgasmo. Y hace que me pregunte qué he estado escribiendo antes de conocer la belleza en tus gemidos.
Pero me voy. Me voy y te encuentro en el silencio, te encuentro en los bordes de las páginas.

Y aún así te sigo dejando atrás.